Mostrando entradas con la etiqueta Judith Butler. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Judith Butler. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de julio de 2017

Implicaciones de la transexualidad y el transgénero en la vida pública. Trans, V.

“—Doctor, necesito hormonas y que me opere.
—¿De qué está usted enfermo?
—Yo no estoy enferma. No me “patologice”.
—Pero es que usted me ha dicho que necesita…
—Está claro que no tiene ni idea de lo que me pasa. Escúcheme bien que YO se lo voy a explicar…”

No busquemos evidencias si ya tenemos el transplaining.
Ya hemos visto que la cuestión transgénero no es algo simple, ya que tiene múltiples implicaciones que hacen que el fenómeno vaya más allá que las que pueda tener una simple tendencia sexual no heteronormativa. Pero por otro lado no podemos negar que se encuentra en ese grupo de personas que han sufrido y sufren discriminación[1]. Esto es un hecho. Como también lo es que desde finales de los años sesenta esta discriminación en Occidente ha sido progresivamente reducida con notables éxitos. Y esto ha hecho que el colectivo se haya ido ampliando en sucesivas olas.
Hay dos puntos que unen a estas personas: vivir una sexualidad fuera de la norma y estar marginados por ello. Pero estos dos puntos encierran una gran diversidad en sus diferentes manifestaciones. No es lo mismo limitar tu diferencia a un deseo emocional, a que ese deseo te lleve a realizar transformaciones irreversibles en tu cuerpo. El sexo homosexual o el travestismo pueden ser fluidos y cambiantes, pero provocar una castración o una histerectomía son acciones que no tienen vuelta atrás, no somos figuritas de Lego. Y tampoco es lo mismo tener relaciones sexuales no heteronormativas que pedir dinero público para adaptar tu cuerpo a tus deseos, o exigir a la Administración que se creen ficciones jurídicas en las inscripciones del registro civil para figurar legalmente a tu gusto.
De la misma forma que es injusto que se legisle sobre lo que puedan hacer personas adultas de forma razonable y de mutuo acuerdo en su intimidad, tampoco se debe decidir por deseo de la mayoría lo que la ciencia pueda o no pueda investigar, ni forzar las conclusiones científicas en asuntos en los que no hay consenso por la presión de un grupo ideológico, eso es irracional. Porque como dice el profesor Jesús G. Maestro: “La razón no puede reducirse ni a lo que piense un individuo, porque la razón no es autológica ni yoísta, ni a lo que piense un gremio o un grupo, por fuerte o intimidatorio que sea, porque la razón no depende del nosotros, no cabe en el nosotros. La razón rebasa las posibilidades del yo y las posibilidades del nosotros, está por encima del individuo y del grupo.” Y el entorno LGTBIQ, acogiéndose a esta discriminación, ha estado forzando la razón desde que la Asociación Americana de Psiquiatría en su reunión del 15 de diciembre de 1973 retirara la homosexualidad del Manual de Diagnóstico y Estadística de los trastornos mentales (DSM) por un estrecho margen de votos.
El poder de este lobby ha hecho que actualmente existan leyes que pretende extenderse por todo Occidente que cometen ese lamentable error. Se está legislando basándose en creencias o ideologías sin fundamento científico. Vivimos en pleno síndrome de Galileo.
Eppur si muove…

Los estudios de género como (de)construcción social.
Con los conocimientos que disponemos hasta ahora, hay que tener en cuenta que estamos hablando de personas que tienen una percepción subjetiva de pertenencia a otro sexo. No podemos negar que si esto les produce sufrimiento no se trata de una cuestión baladí, pero no por ello deja de ser una simple percepción subjetiva.
Por otro lado, si hay sufrimiento o malestar en las personas que viven esta percepción ya hay algo que sí podría ser del ámbito médico o psicológico. Porque una de las incongruencias que se produce en la cuestión trans es no querer aceptar el trastorno como tal, sino que tratan de normalizarlo como un hecho más de lo que constituye nuestra probable idiosincrasia. Porque lo cierto es que las características habituales no perturban normalmente a las personas ni precisan de una readaptación quirúrgica ni hormonal. También es cierto que hay cuestiones que nos pueden perturbar sin ser cuestión de vida o muerte. Como tener alopecia o un vientre muy abultado, pero ni los implantes de pelo ni las liposucciones las cubre la Seguridad Social. Existen otras más importantes, como tener falta de vista o estar sin dientes. Y ni las gafas ni las prótesis dentales se cubren con dinero público. ¿Por qué va a cubrir la Seguridad Social algo que los que lo viven no lo consideran una patología o un trastorno? Y es absurdo que por ley ellos puedan informar que poseen esta característica, pero no se les pueda decir que se trata de un trastorno. O dicho de otra manera, si alguien sienten un malestar con el sexo con el que ha nacido tendrá que aceptar que tiene un problema, que podemos llamar disforia de género, trastorno de la identidad sexual o incongruencia de género, da igual el nombre. Pero ahí hay algo que no funciona.

La dictadura de la imagen: ¿Se reasigna el sexo o tan sólo su apariencia?
Uno de los tópicos contemporáneos es denunciar que vivimos en una sociedad de apariencias, y en ese sentido una parte importante del fenómeno trans es eso: apariencia. Porque por mucho que no guste hay que entender y asumir que por ahora no es posible cambiar el sexo de una persona, salvo en su imagen externa. Los procesos de reasignación sexual sólo inciden en la apariencia del sujeto, su realidad cromosómica seguirá siendo la que se le asignó en su gestación. Eso, actualmente, no es modificable. Por mucho que se diga: la reasignación de sexo no es posible. La ciencia no lo ha conseguido. No podemos descartar que la ingeniería genética pueda lograr algún día el cambio, pero actualmente esto aún no es posible. Por ahora se trata tan sólo de crear una imagen de mujer o de hombre, una ilusión. Hacer que las personas vivan en una fantasía. Sentir no es ser, pero si les vale…
No voy a extenderme en el aspecto legal del asunto, de las ficciones jurídicas que esto implica. Ni siquiera en el problema que se crea en las pruebas deportivas. ¿Acaso habrá que crear nuevas categorías olímpicas para no ser injusto con las personas por su sexo “nativo”?

¿Tiene el viento la respuesta?
Actualmente el cerebro humano es como el Manuscrito Voynich. Podemos imaginar de qué va cada parte por los dibujitos, pero como no estamos muy seguro de lo que realmente dice aún tenemos que movernos entre conjeturas y probabilidades.
Las causas podrán ser biológicas, psicológicas o sociológicas, incluso una compleja mezcla de todas, pero lo cierto es que no se sabe a ciencia cierta. Por lo tanto, si no existe el acuerdo no podemos descartar ninguna de sus hipótesis. Al menos no debería existir una superioridad moral de ninguna sobre las otras. Se puede opinar sobre ello, o incluso argumentar apoyándose en alguna de sus teorías, pero lo que no podemos hacer es sentar cátedra afirmando que tenemos detrás un consenso global, porque simplemente no existe.
Y en toda esta maraña de datos tenemos claras muy pocas cosas:
1.     En el ser humano sólo hay dos sexos: masculino y femenino. La cuestión del intersexo (que espero tratar en otra ocasión) se trata de una serie de errores genéticos que no crean un tercer sexo definido.
2.     La identidad de género a veces varía, eso no lo pongo en duda, pero no sabemos con total certeza por qué motivo. A mi juicio hay más evidencias fisiológicas (variaciones hormonales y genéticas) que sociales o culturales, pero aceptar esto supondría un inconveniente para cierto feminismo, ya que implicaría que ciertos roles tienen una base que explicaría la biología evolutiva, cosa que chocaría con sus intereses ideológicos.
3.     La orientación sexual también podría tener una etiología múltiple. Algunos estudios indican que quizás en este caso no sólo son cuestiones sociales, culturales y educacionales, sino que también determinadas experiencias vitales pueden influir. Pero ya esto sería objeto de otro artículo.
4.     Por último, a través de la pasión etiquetadora de los estudios de género, ha aparecido una nueva vía, la expresión de género, para indicar las maneras en la estéticamente uno se presenta ante la sociedad (maneras masculinas, femeninas o andróginas) y esto sí, definitivamente es una estricta cuestión cultural, e incluso, en algunos casos, una pura pose.

Después de todo este tiempo considero que la polémica que generó la entrevista parte de una falsedad en su origen, voy a creer que por ingenuidad, y es la de considerar que el asunto de la transexualidad es “así de sencillo”. Esto no lo es de ninguna manera. Está tan alejado de ser algo sencillo que no ha podido poner en acuerdo a la comunidad científica en un siglo y medio.
Para finalizar voy a tomar como referencia dos de las posturas más claramente enfrentadas que existen actualmente: Paul R. McHugh y Judith Butler. Sus frases, por orden de aparición, pueden dejar bien claras las dos principales posturas (no únicas) que existen actualmente en relación a este asunto:

Judith Butler: “El género es una construcción independiente del sexo, un artificio libre de ataduras. Hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, podría ser tanto un cuerpo masculino como uno femenino.”[2]

Paul R. McHugh: “Uno podría esperar que aquellos que afirman que la identidad sexual no tiene base biológica o física traerían más evidencias que fueran convincentes. Pero como he aprendido, hay un profundo prejuicio en favor de la idea de que la naturaleza es totalmente maleable.”[3]



Epílogo.
Casualmente cuando me dispongo a publicar estos artículos aparece la sentencia del recurso de apelación[4] presentado por HazteOir.org por la retirada cautelar del autobús que inició toda esta polémica. Y creo que nos deja al menos un par de perlas relacionadas con lo que cuento aquí con las que quiero dar finalizado, por ahora, esta serie.
 “Admitir la persecución de ideas que molestan a algunos o bastantes, no es democrático, supone apoyar una visión sesgada del poder político como instrumento para imponer una filosofía que tiende a sustituir la antigua teocracia por una nueva ideocracia .”
            “Por último, no deja de llamar la atención que el denominado  “Tramabús” , autobús fletado por el partido político ”Podemos”, hace unos meses,  que circuló durante un tiempo y tuvo amplia cobertura informativa , llevaba , además  de leyendas sobre la corrupción, las figuras perfectamente  identificables, de políticos y algún periodista , que con independencia del juicio que cada uno pueda tener de ellos, tienen derecho a ver respetada su dignidad y presunción de   inocencia, y sin embargo ninguna autoridad impidió su circulación.”
En este caso parece que se ha hecho justicia, pero esto no ha hecho nada más que empezar.




[1] Los posibles motivos podrían ser interesantes para otra serie de artículos, pero lo importante ahora sólo es constatar el hecho.
[2] Judith Butler, Gender Trouble,Feminism and the Subersion of Identity, New York, Routledge, 1990, p. 6.
[3] https://www.firstthings.com/article/2004/11/surgical-sex
[4] Recurso de Apelación 921/2017. Origen: Juzgado de Instrucción N.º 03 de Madrid. Diligencias previas 450/2017

sábado, 22 de julio de 2017

El transgénero en disputa: Transexualidad y transgénero, III.

¿Está desnudo el Emperador?
“¿No te has dado cuenta -dije- de que las opiniones sin conocimiento son todas defectuosas? Pues las mejores de entre ellas son ciegas. ¿O crees que difieren en algo de unos ciegos que van por buen camino aquellos que profesan una opinión recta, pero sin conocimiento?” La república, Platón. VI-XVIII.

 En 1979, siendo presidente del Departamento de Psiquiatría de la prestigiosa Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins[1], Paul R. McHugh, tras dos estudios realizados en aquel año[2] (uno por equipo formado por Jon K. Meyer y Donna J. Reter y otro estudio realizado por William G. Reiner) decide cerrar la clínica de reasignación de sexo, ya que no encuentran evidencias que esa opción mejore sus vidas, sino que colabora con su confusión. Desde entonces, totalmente contrario a las teorías del sexo como construcción social, considerándolas como ideas sin base científica, se muestra partidario de intentar la acomodación de las personas con sentimientos transexuales a su sexo biológico, considerando la reasignación quirúrgica como una colaboración con la disforia.
Por otro lado, desde el entorno del construccionismo social, el sociólogo y activista gay Jeffrey Weeks[3] en 1986, con su trabajo Sexualidad, minusvalora la carga fisiológica de la sexualidad y pone todo el peso en su construcción social e incluso histórica.
En 1990 se produce un importante punto de inflexión con la publicación de El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad[4] de Judith Butler. A partir de un discurso más elaborado y complejo que el de sus antecesores, Butler aporta una nueva visión de la sexualidad como un proceso de identificación transferible y perfomativo. Propone que no sólo los roles de géneros son algo construido, sino que va más allá y sostiene que el sexo y la sexualidad se tratan también de construcciones sociales. El discurso de Butler va a ser muy importante en futuros y presentes debates en torno a la cuestión transgénero. Sin negarle la brillantez de su desarrollo, lo cierto es que se trata de una propuesta puramente filosófica, con toques de sentimentalidad, sin apoyo de pruebas materiales.


Hablemos de números.
“Ninguna investigación humana puede ser llamada verdadera ciencia si no puede ser demostrada matemáticamente.” Leonardo Da Vinci.

Aunque no se trate específicamente de transexualidad, uno de los primeros científicos que aportó un posible indicio que podía vincular una evidencia fisiológica a la orientación sexual fue Simon LeVay, en 1991, con su estudio Una diferencia en la estructura hipotalámica entre hombres heterosexuales y homosexuales[5].
LeVay encontró que el tamaño promedio del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior (NIHA-3) tendía a ser más pequeño en mujeres y hombres homosexuales que en hombres heterosexuales. Este hallazgo es un punto de partida. Eso sí, LeVay siempre ha asumido la limitada realidad de su descubrimiento:
“Es importante poner énfasis en lo que no encontré. Yo no demostré que la homosexualidad fuera genética, ni encontré la causa genética de ser gay. Yo no probé que los gais hubieran ‘nacido así,’ ese es el error más común que la gente comete al interpretar mi trabajo. Y tampoco localicé un centro gay en el cerebro.” [6]
Dean Hamer en 1993 en su artículo Una vinculación entre los marcadores de ADN en el cromosoma X y la orientación sexual masculina[7], propuso la relación del marcador genético Xq28 del cromosoma X con una tendencia hacia la homosexualidad masculina (el mal llamado “gen gay). Con independencia de las polémicas generadas, refutaciones y contrarrefutaciones, lo cierto es que aquello siguió abriendo una brecha en el camino, pero sin encontrar todavía ninguna prueba irrefutable.
En 1995 el endocrinólogo Louis Gooren[8] publica en Nature, junto a los neurobiólogos Jiang-Ning Zhou, Michel A. Hofman y Dick F. Swaab, el artículo Una diferencia en el cerebro humano y su relación con la transexualidad[9], que puso sobre la mesa por primera vez una pequeña, pero significativa, diferencia en el cerebro de los transexuales, al detectar en el volumen de la subdivisión central de la cama núcleo de la estría terminal (BSTc) de las personas con tendencia transgénero un número de células intermedio entre los promedios masculinos y femeninos. Se propone como teoría que esta variación tal vez se produzca por alteraciones hormonales en la fase de desarrollo del feto.
Poco más de una década después, en 2007, Dick F. Swaab (ya presente en el equipo de Gooren) publica Diferenciación sexual del cerebro y el comportamiento[10]. Este trabajo, mucho más exhaustivo que el de Gooren, relaciona determinadas interacciones de hormonas y neuronas como base para la diferenciación, no sólo de características sexuales fisiológicas, sino también de rasgos de comportamiento y de inclinación en la elección de género. Y, lo más curioso, valora la influencia de estas variaciones a probables causas tan novedosas como a la ingesta de determinados fármacos durante el embarazo[11](entre otras). En cualquier caso, descarta por completo las posibles influencias externas posteriores. Sí acepta la posibilidad de confusión de género transitoria por causas ambientales generadas en la infancia, aunque reduce su culminación final a tan sólo un 23% de casos en la vida adulta. Curiosamente Swaab también ha comprobado que el volumen del NIHA-3 que ya citábamos antes tiene una relación directa con los transexuales[12]. Es decir, los transgénero que van de hombre a mujer tienen un tamaño similar a las mujeres y los que van de mujer a hombre similar a los hombres. Lo que no se ha podido determinar es que si existe en este cambio una relación con la terapia hormonal que reciben estas personas al realizar sus procesos de reasignación sexual. En cualquier caso, una vez más, sólo se trata de tendencias no concluyentes.
En este mismo año, 2007, el prestigioso genetista Francis S. Collins, director del proyecto del Genoma Humano, hizo declaraciones abiertamente en contra sobre la probable causa biológica de la homosexualidad: “En el mapa del Genoma Humano no se encontró un gen gay, la determinación de la orientación sexual no está incrustada en el ADN”.
Por otro lado, en 2008, los investigadores Ivanka Savic y Per Lindström del Instituto Karolinska publican un trabajo en el que muestran diferencias en asimetría cerebral y conectividad funcional entre sujetos homosexuales y heterosexuales[13]. Encuentran que el hemisferio cerebral derecho tiende a ser de mayor tamaño en varones heterosexuales y mujeres homosexuales que en mujeres y en varones homosexuales, que presentan una mayor simetría. También detectaron que existía un dimorfismo entre ambos grupos en el flujo sanguíneo hacia la amígdala.
En 2011 se produce una gran aportación nacional. Un estudio, que en este caso presta atención tanto a transexuales de hombre a mujer (HaM) [14], como de mujer a hombre (MaH) [15] sin tratamiento hormonal previo. Por un lado, descubren que el patrón de sustancia blanca en los transexuales no tratados de HaM se sitúa a mitad de camino entre el patrón de los controles masculino y femenino. Atribuyéndolo a una posible masculinización incompleta durante la primera fase de desarrollo cerebral. Y, por otro lado, encuentran más cercanía en ese mismo patrón de sustancia blanca entre los transexuales MaH hacia el masculino, más que hacia las personas que comparten su sexo biológico (mujeres). Lo que por otro lado sería conflictivo para los partidarios del construccionismo social femenino si esto se confirma, ya que podría indicar que hay componente del género con lo que se nace.
En 2014 un estudio publicado en Cambridge Core[16], revisando el trabajo de Dean Hamer de 1993, no sólo encontraron una relación significativa en variaciones de la orientación sexual en el ya citado marcador Xq28, sino que la ampliaron también hacia la región pericentromérica del cromosoma 8. Pero como en todas las ocasiones anteriores se trata tan sólo de indicios, en ningún caso hasta ahora son confirmaciones irrefutables.
Para acabar con esta ya extensa relación de teorías sobre el asunto quisiera reseñar por último una propuesta muy polémica, original y diferentes a todas las demás. Se trata de la teoría del psicólogo canadiense Kenneth J. Zucker, que considera la transexualidad como una variante del autismo. Ruego que no maten al mensajero, pero lo cierto es que cuenta con trabajos que investigan en esa dirección[17]. Los resultados tampoco indican que pueda tratarse de la explicación global al fenómeno, pero sí apuntan que hay una relación porcentual significativa en algunos casos.
Los prejuicios ideológicos en la ciencia pueden tener sentido cuando lo que se afirma no se apoya en estudios contrastados realizados con método científico. Desde este punto de vista es difícil rechazar la revisión[18] que presentó el año pasado Lawrence S. Mayer en The New Atlantis a partir de un anterior trabajo de Paul R. McHugh. El extenso artículo, por más prejuicios con los que nos enfrentemos a él, es impecable. Repasa numerosos estudios, muchos de los que aquí he citado y otros, y muestra con asepsia científica un hecho ante el que no podemos mirar hacia otra parte y es que a día de hoy:

NO existe un consenso científico global sobre el origen de lo que se ha llamado transexualidad, disforia de género, trastorno de la identidad sexual o incongruencia de género.

GAFAPASTA/NERD MODE OFF.
***
POPULIST MODE ON.



[1] Sí, la misma en la que fue profesor John Money.
[2] Jon K. Meyer and Donna J. Reter. Sex Reassignment: Follow-up. Archives of General Psychiatry 36, no. 9 (1979): 1010–1015, http://dx.doi.org/10.1001/archpsyc.1979.01780090096010.
[3]Ellis Horwood/Tavistock. Sexuality, 1986. Published in Spanish translation as Sexualidad, Mexico City, PUEG/ Editorial Paidos, 1998. http://www.academia.edu/5025259/Jeffrey_Weeks_SEXUALIDAD_HQ21_W43518_1_U_NAM_1802_ra_EIS_TUDIOS_DE_GENERO
[4] Butler, Judith. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. http://stoa.usp.br/heloisabuarque/files/3408/18821/%5BLivro%5D+El+gnero+en+disputa+Judith+Butler.pdf
[6] David Nimmons, “Sex and the Brain,” Discover, March 1, 1994. http://discovermagazine.com/1994/mar/sexandthebrain346/
[8] El que fue alumno de John Money.
[11] El trabajo de Swaab encuentra relaciones con mujeres que tomado durante su embarazo fenobarbital (un barbitúrico usado para calmar el síndrome de abstinencia) o la difantoaina (para la epilepsia). O medicadas con dietilestilbestrol (un estrógeno no esteroideo sintético) usado para prevenir abortos, partos prematuros y otras complicaciones del embarazo. En este último caso (según el estudio) puede generar transexualidad en el niño en un 35,5% y un problema de género en un 14,3%.