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sábado, 11 de agosto de 2018

El imposible cruce entre los bisontes de Altamira y las vacas de Wisconsin.


 “La pittura è cosa mentale”, Leonardo da Vinci.
“Lo más terrible de este mundo es que todos tiene sus razones.” La regla del juego, Jean Renoir.


En abril de 2018 escribí sobre una conferencia en la que se menospreciaba buena parte del arte contemporáneo, quitándole la categoría de arte o imponiéndole la etiqueta de “arte basura”[1]. Con posterioridad a esa charla, que generó una cuasi agria polémica entre algunos de los presentes, una simpática profesora de filosofía, que aunque no poseía la acritud del ponente no se mantenía muy alejada de la tesis expuesta, me recomendó el ensayo de Alessandro Baricco El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin[2].
A poco de empezar a leer vi que realmente de lo que hablaba Baricco en este ensayo era de algo distinto a lo que yo esperaba, aunque se pueda proponer como paralelo, y es de la diferencia, para él catastrófica, entre la música clásica (que prefiere llamar culta) y la contemporánea. No voy a entrar en exceso en la tesis de la obra, básicamente porque mis conocimientos de música no pasan de ser muy elementales, pero sí reconozco que es precisamente esta creencia, que el paralelismo entre ambas formas de expresión es posible, la que creo que señala la incomprensión hacia ciertos planteamientos de las artes visuales contemporáneas desde los que aman la música culta o el arte académico previo a las vanguardias.
Todo indica que la música es, entre lo que actualmente en Occidente consideramos arte[3], la manifestación de la creación humana más antigua de todas. Y podríamos decir que esto es así porque probablemente ya lo llevemos en los genes. La primera percepción de la existencia de cualquier mamífero es sonora: los latidos de la madre aún en la fase fetal.  En nuestra especie hay bebés que a los dos meses son capaces de igualar el tono, el volumen y el perfil melódico de tarareos, y a los cuatro meses acompasar sus movimientos a ritmos sencillos. Por ello, y por analogía con los grupos humanos de estructura simple aún existentes, hay pocas dudas de que la música y los bailes sociales fueron las manifestaciones artísticas primigenias. Con esto observamos que la música en general, a diferencia de otras manifestaciones artísticas, no requiere que el espectador posea una preparación intelectual previa, sino que puede percibirse de forma directa y alcanzar su objetivo sin ninguna clase de barrera cultural. Sobre esto hacen referencia de una forma muy directa los guionistas de los Simpson, cuando ponen a Homer escuchando una música rítmica y se pone alegre, y oye inmediatamente a continuación una lánguida y se pone triste.
Para muchas personas los efectos de la música son emoción en estado puro. Y esto se produce porque la música pura usa normalmente un medio primario y universal: un sonido con melodía, ritmo y armonía. La ventaja de esta forma de expresión es esa. El espectador no precisa de un lenguaje previo que sea necesario conocer, ni un código de signos que haya que descifrar. Simplemente suena y se escucha. Otra cosa es que le guste o no, o que el gusto se le haya educado/adiestrado inconscientemente por la repetición y valoración positiva o negativa en su ámbito social.
Podemos distinguir con esto a la música de la literatura escrita, en la que es necesario conocer el idioma y su escritura. Como esto también ocurre en las artes visuales, aunque su aprendizaje no sea tan dirigido y consciente como con la lectoescritura. Como ejemplo señalaré en un cuadro algunas diferencias esenciales entre ambos medios.

MÚSICA
ARTES VISUALES
Tiene al menos un creador (compositor), un intérprete (director en el caso de orquestas) y ejecutantes (los instrumentistas).
La creación y ejecución de la obra normalmente recae en el autor. En este caso es el espectador el que interpreta la obra.
Sólo los autores nacidos en la era de la era de la reproductibilidad técnica han podido supervisar al menos una grabación de su obra.
La obra de arte visual (salvo accidente, vandalismo o deterioro natural) permanece sin alteración física. Sólo puede variar la interpretación de sus receptores.
Las obras sólo tienen dimensión temporal.
La dimensión temporal no suele ser esencial en las obras visuales. El espectador decide su tiempo de recepción.
Normalmente el espectador es sujeto pasivo en la recepción de la obra. La disfruta o no.
El espectador tiene que establecer algún tipo de diálogo con la obra, al menos de lectura.

Para que se produzca la evolución de sociedades simples a complejas es esencial el desarrollo del pensamiento simbólico. La capacidad simbólica es la que da al ser humano la posibilidad de crear un lenguaje oral complejo, que dará paso a otra de las formas de arte primitivas: la narración. Para nuestros antepasados tener la habilidad de contar historias tendría muchas ventajas evolutivas. Podían saber qué se había hecho mal y qué bien en la caza. Podían transmitir conocimientos adquiridos a través de relatos. O fantasear sobre el origen o la transcendencia de las cosas. La narración oral, en algunos casos, también desembocaría en la representación de los hechos: el teatro. Pero la narración oral[4], a diferencia de la música, ya posee una frontera que hay que cruzar. Si no se conoce el lenguaje en el que transmite es imposible entenderla. Ya precisa de un camino iniciático básico: el aprendizaje del idioma común. A partir de esto toda forma de creación ya es una construcción social limitada a unos iniciados.
No podemos tener una certeza absoluta, pero es muy probable que en esta fase de consolidación y desarrollo del lenguaje oral se empezasen a crear las primeras imágenes, sencillas pinturas y toscas estatuillas. Las representaciones físicas no sólo permitían que la capacidad de simbolización del mundo se desarrollase, sino que además se transmitiera sin variaciones a sucesivas generaciones, sirviendo de alguna manera de preescritura. Desde las pinturas rupestres hasta el barroco ha sido esencial estar al corriente de los referentes culturales para poder leer las obras. El hecho de que estas representaciones tuvieran un sentido mágico-religioso no las invalidad como arte, sino más bien dan el sentido originario del arte: acciones conscientes y voluntarias que generan una emoción. En este sentido las lecturas vacías de contenido, el arte por el arte, es la excepcionalidad y no la regla en la historia del arte.
Por todo esto no podemos negar la conexión directa entre arte y religión. Si seguimos el planteamiento del filósofo Gustavo Bueno en torno a la religión como culto a los númenes, observamos el paralelismo. En una primera fase el animal estaría en el centro de la representación, y no hay más que ver que esto es cierto viendo el grueso del arte rupestre. En la segunda etapa, coincidente con la época de la domesticación, el animal y el hombre se fusionan. Veamos las representaciones de los primeros imperios: Egipto y Mesopotamia. Yo indicaría una tercera fase que Bueno se salta: la antropomorfización de la divinidad: evidente en Grecia, Roma y en el cristianismo… Y una cuarta (para Bueno la tercera) que nos llevaría al Dios impersonal, que según la teoría del materialismo filosófico estaría a dos pasos del ateísmo. Si observamos la evolución del arte desde esta perspectiva vemos que hasta ahora esto ha sido así. La desacralización del mundo en general y del arte en particular con la entrada del mundo contemporáneo es evidente. Ahora bien, en estos últimos tiempos están sucediendo dos fenómenos significativos. Por un lado, la vuelta al numen animal por un importante grupo de la población en Occidente: el llamado animalismo. Y por otro lado el inédito fenómeno contemporáneo que con notable acierto predijo Marshall McLuhan: el de la aldea global de las redes sociales, que a veces degenera en aldeanismo. Estas nuevas situaciones inevitablemente crean un nuevo mundo y con ello nuevas formas de representación y nuevos intereses en las artes visuales. Ya lo decía Dylan: “The Times They Are a-Changing”. O usando un texto de alguien no sé si menos sospechoso como Paul Valéry, citado por Walter Benjamin en esa obra fundacional de la contemporaneidad que es La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica:
La fundación de nuestras Bellas Artes y la fijación de sus distintos tipos y usos se remontan a una época que se distingue marcadamente de la nuestra, y a hombres cuyo poder sobre las cosas y las circunstancias era insignificante en comparación con el nuestro. Pero el sorprendente crecimiento de nuestros medios y la adaptabilidad y precisión que han alcanzado, nos aseguran para un futuro próximo profundas transformaciones en la antigua industria de lo bello. En todas las artes hay una parte física que ya no puede ser vista y tratada como antes; que no puede sustraerse a las empresas del conocimiento y de la fuerza modernos. Ni la materia ni el espacio ni el tiempo son desde hace veinte años lo que habían sido siempre. Debemos esperar innovaciones tan grandes que transformen el conjunto de las técnicas de las artes y afecten así la invención misma y alcancen tal vez finalmente a transformar de manera asombrosa la noción misma del arte.” Paul Valéry, Pièces sur l'art («La conquête de l'ubiquité»).
De ninguna manera todo esto que he expuesto hasta ahora quiere dar una carta blanca al arte contemporáneo. Más que nada porque el arte contemporáneo, como el renacentista o el barroco, no existe como “una unidad de destino en lo universal”. El arte, en todos los lugares y épocas, no es unívocamente acertado, enriquecedor y maravilloso. Desde sus inicios han existido artistas con obras desafortunadas, inútiles y horrorosas, ya que el artista per se no es un infalible demiurgo. Y tampoco quiero negar la evidencia de que, al igual que la música, ha existido un importante salto formal y conceptual entre buena parte de las artes visuales anteriores y posteriores a lo que se conoce como las vanguardias. La cuestión estaría en concretar esa diferencia.
En una de esas maravillosas sincronías que a veces nos sorprenden, poco después de leer el libro de Baricco, me suceden dos hechos no planificados: por un lado voy de forma imprevista a la neocueva de Altamira[5];  y por otro lado me encuentro por pura casualidad con el libro La palabra pintada de Tom Wolfe, que trata el asunto de la supuesta degeneración del arte contemporáneo desde la estricta perspectiva de las artes visuales. En este libro el periodista parte de la siguiente idea: “…francamente, hoy en día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un cuadro.” Y en esto tiene Wolfe su parte de razón. Desde las vanguardias en las artes visuales se ha abusado del discurso teórico como excusa para todo. No lo voy a discutir, ni siquiera que esto sí sea un elemento común con cierto tipo de música contemporánea. El que se abran los límites del campo de batalla no significa que todo sea válido ni significativo. Vamos, que sí, que también se cuela mucha basura. Pero como construcción humana, que no divina, arte malo siempre ha habido y siempre habrá.

Epílogo: No es país para vacas.

Toda forma de arte es una construcción social[6]. Como construcción social está sujeta a coyunturas geográficas e históricas que hay que tener en cuenta para poder entenderlo, y disfrutarlo en toda su profundidad y dimensión. Dentro de lo que consideramos medios de expresión artísticos está la música, que tiene la particularidad de que con un control concretos de sus partes (melodía, ritmo y armonía) actúe directamente en nuestro sistema límbico.
Siendo una construcción humana, por lo tanto falible y sujeta a cambios, es sorprendente la vehemencia con la que algunas personas defienden interpretaciones del arte fuera de su canon, a veces con la misma actitud con la que un fanático protege un dogma de fe contra la herejía. En esto recuerdo y comparto otra tesis de Gustavo Bueno expuesta en su artículo El reino de la Cultura y el reino de la Gracia[7]: la visión que parte de la Ilustración y del idealismo que sustituye la idea de la Cultura a la del Reino de la Gracia. Una vez más la Ilustración tomando los territorios del cristianismo. Con esa visión encaja perfectamente la cita de Hegel que encabeza el opúsculo de Baricco: «la música debe elevar el alma por encima de sí misma, crear una región donde, libre de toda ansiedad, pueda refugiarse sin obstáculos en el puro sentimiento de sí misma».
Como no creo en los placeres excluyentes no descarto esta visión del arte “elevadora”, pero también creo que pensar que el arte es eso y sólo eso es absolutamente limitante y reduccionista. Hay formas de arte, como la música, que no necesitan de preparación para disfrutarlas, e iletrados, bebés o vacas pueden sentirse bien en su presencia. Pero otras formas de expresión artística parten de un lenguaje complejo que requiere de una iniciación y de una elaboración mental más propia del neocórtex, como la literatura y las artes visuales. ¿Qué es una hoja escrita en chino para alguien que no entienda ni lea ese idioma?  Puede tener escrito el mejor poema, pero para el que no conozca el código no verá más allá que unos dibujos abstractos sobre un papel. Pues lo mismo puede pasar con algunas manifestaciones visuales contemporáneas.
El arte es todo lo que el ser humano quiere que sea. Un medio para alcanzar lo sublime o un lenguaje para comunicar emociones, o un divertimento para jugar, para reír o reflexionar. El arte como todo lenguaje a veces puede admitir someterse a reglas, y otras pueden estar ahí esperando que sean rotas. Y en cualquier caso, hagamos lo que hagamos, sigue existiendo un hilo invisible que une la mano de la persona que pintó los bisontes de Altamira, la que esculpió en mármol, la que pintó al óleo, la que compuso música que agrada a las vacas, la que diseñó instalaciones o creó performances, hasta la que hoy maneja el ratón de un ordenador.
Como dijo Hipócrates: "La vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, la experiencia confusa, el juicio difícil.[8]" Para algo que tenemos que nos agrada y no es tan importante, no lo hagamos más difícil.


[1] http://orlandoddrago.blogspot.com/2018/04/reflexiones-de-un-artista-basura-en.html
[2] Alessandro Baricco, El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, 1999. Ediciones Siruela.
[3] La perspectiva de este artículo se centrará en todo momento desde el punto de vista de la evolución del fenómeno en Occidente.
[4] Que posiblemente evolucionase a través de sonidos que se estandarizasen y aceptasen durante las narraciones gestuales de los líderes carismáticos de las tribus humanas. 
[5] En la airada conferencia, no por el ponente, sino por su más fiero defensor, se negó la condición de arte al rupestre por encontrarse privado de la condición elevadora que proponen los partidarios del arte como sublime ideal romántico.
[6] Aunque globalmente no estoy cerca de las tesis del constructivismo social en este caso sí es obvio e inevitable: el arte es una construcción social. Si en algunas situaciones considero que las llamadas construcciones sociales son en realidad materializaciones coyunturales del fenotipo, en el caso del arte no hay duda de que se trata de manifestaciones que derivan de la complejidad social misma.
[7] Gustavo Bueno Martínez, El reino de la Cultura y el reino de la Gracia. El Basilisco, 2ª época, nº 7, 1991, páginas 53-56. http://www.filosofia.org/rev/bas/bas20706.htm
[8] Hipócrates, Aforismos. "Ὁ βίος βραχὺς, ἡ δὲ τέχνη μακρὴ, ὁ δὲ καιρὸς ὀξὺς, ἡ δὲ πεῖρα σφαλερὴ, ἡ δὲ κρίσις χαλεπή."

jueves, 26 de abril de 2018

Reflexiones de un artista-basura en excedencia en torno a la conferencia de Javier R. Portella impartida durante el XXII Encuentro Eleusino celebrado en Salamanca —o— ¿De qué hablamos cuando hablamos de arte?


“…si alguien, por ejemplo, dice que es un buen flautista o que sobresale en cualquier otro arte, sin ser verdad, entonces o se burlan o se indignan con él, y sus parientes, yendo por él, le recriminan como si se hubiera vuelto loco.” Platón, Protágoras, traducción de J. Velarde (Oviedo 1980).


Cumplida ya la primera cuarta parte de mi año sabático empecé a pensar que me vendría bien algún viaje corto fuera de Madrid. La casualidad quiso, bendita sincronía, que descubriese que se iba a celebrar en Salamanca, ciudad que me entusiasma, el XXII Encuentro Eleusino. Estos encuentros son una iniciativa del singular escritor Fernando Sánchez Dragó que, aunque con un componente predominante espiritual, en un par de ocasiones se ha acercado a cuestiones más mundanas. Además, daba la casualidad de que en mi cábala particular el veintidós es mi número mágico, y no sólo ese era el número del encuentro, sino que también el último día de celebración también era el veintidós. Así que tenía que ir. Pero es que, por si todo esto fuera poco, aquello tenía para mí más puntos de interés.
Quería escuchar a Sánchez Dragó en “petit comité” sobre este asunto que le es tan cercano, la incorrección política, me despertaba curiosidad. Y, casualmente, con Dragó en persona coincidiría por primera vez en la Cineteca del centro cultural Matadero de Madrid, un mes después de enterarme de que iba a hablar de esto y un mes antes de la celebración de los encuentros. Y también aquel encuentro me daba la posibilidad de escuchar una conferencia en directo de Gustavo Bueno Sánchez, hijo y discípulo del filósofo Gustavo Bueno Martínez, célebre autor del sistema del materialismo filosófico. Y aunque su discurso me interesaba y su solidez intelectual queda fuera de toda duda, no considero que sea uno de los discípulos de Bueno que puedan caracterizarse por meterse en refriegas polémicas que puedan entrar dentro de lo políticamente incorrecto, o al menos sus formas están lejos de la estridencia y de lo atrabiliario. Cuestión que quizás puedan estar más cerca de otros discípulos como Íñigo de Ongay y el animalismo, Pedro Insua y el nacionalismo o Jesús G. Maestro y todo lo que se le cruce por delante que no le guste (con todos mis respetos, no quisiera ser yo víctima de su apisonadora intelectual). Por otro lado también es cierto que contaba con la presencia disuasoria para mí de Juan Carlos Monedero, no en vano yo ya hice hace años una pública profesión de fe en la que renunciaba explícitamente a Satanás, a sus pompas y manifestaciones, con lo que tendría que ausentarme durante esa intervención acudiendo a un centro de arte contemporáneo al que nunca había ido, y que al final me quedé sin poder ir. Pero voy al grano.
Ya en Salamanca, en la presentación Dragó planteó algunas cuestiones políticamente incorrectas y con las que estoy totalmente de acuerdo; incluso alguna que yo desconocía que compartía con su pensamiento, como la cuestión del sufragio universal. Y planteaba otra que, aunque en ella también coincidimos, yo la expreso con un matiz que nos diferencia y que está directamente relacionada con la cuestión del arte, que es la de las señales que indican que nos encontramos ante un probable fin del mundo, en su opinión, o en mi planteamiento, fin de Occidente.
Había otra conferencia que se había programado el último día por la mañana que no parecía que fuera a causar una gran controversia. De hecho, según me contó el coordinador de los encuentros, esperaban que fuese algo más tranquila, para iniciar el domingo tras las charlas más potencialmente conflictivas del sábado. Aunque si leíamos con atención el título ya podíamos ver que la cosa partía con una cierta provocación: «¿Tolerar o impedir el arte-basura contemporáneo?». Y ahí ya nos encontrábamos con que ante la existencia de un tipo de arte considerado basura, ya empezábamos haciendo amigos, sólo se planteaban dos posibilidades: o tolerarlo, con el matiz de displicencia que el término lleva consigo, o directamente prohibirlo, ejerciendo sin ninguna clase de pudor de una censura en la expresión de la creatividad humana. En ningún caso se sugería una convivencia gozosa o directamente de una posibilidad de disfrute intelectual con esta forma de expresión artística. Al menos, a pesar de lo despectivo de la expresión, se le consideraba arte, basura, pero al menos arte. Algo es algo.


“Reflexiones en torno al arte, su territorio, sus límites; el objeto y el objetivo artístico; la manualidad artesanal, su elaboración mecánica o conceptual; lo fraudulento, lo legítimo; buenas y malas acciones; la perversión del arte; necesidades e implicaciones de su función mercantil; el orden y el caos en el hecho artístico; la objetividad y la subjetividad en su apreciación y análisis… Entre otras consideraciones.” Ensamblaje con caja de madera, cristal, gafas y papel. 


¿Y a qué se refería el ponente con eso de “arte-basura”?
El señor Portella, con un ímpetu testosterónico más propio de un joven airado, leyó su conferencia en la que ponía esta etiqueta a lo que llamó de forma genérica “arte contemporáneo”. Llegados a este punto recordé una cita de Salvador Dalí, al que Dragó salvó de la quema, recordando con acierto también su brillante faceta como escritor con la que comparto su aprecio. Dalí sobre “arte moderno” comentó: «No te empeñes en ser moderno. Por desgracia, hagas lo que hagas, es la única cosa que no podrás evitar ser». Cita que traigo a colación porque la contemporaneidad en principio no lleva aparejada ninguna característica definitoria, sino más bien al contrario. Y partiendo de este punto tan artista contemporáneo es Antonio López, cuya obra es habitual de la feria de arte ARCO, como cualquier autor coetáneo que use nuevos lenguajes alejados de cualquier formalismo clásico. La conferencia de Portella limitaba la definición del arte dentro de los cánones de lo clásico, la sublimidad de lo bello, el misterio de lo sagrado y esas cosas que pretendían convertir a los artistas en seres tocados por el dedo de Dios, algo así como chamanes que nos conectaban con lo inefable. No mantengo que esa visión del fenómeno sea falsa ni alejada de la realidad, sino que, si me permites una boutade posmoderna, citando al periodista José Manuel Parada (el del pianista), también podríamos tener en cuenta que «no hay placeres excluyentes», o al menos en esto no tendría haberlos.
***
Y ahora una pequeña aparente digresión que ayudará a explicar mi postura.
Una civilización es un ente vivo. Nace, se reproduce a través de sus influencias, naciones e imperios y finalmente muere. Occidente parte de la Grecia clásica, sin duda, se consolida y extiende con Roma, y finalmente se cohesiona y desarrolla con el cristianismo. Occidente ha tenido sus enemigos, sin duda, como los tuvo Roma antes de su caída. En este caso yo suelo resumirlos en tres grandes íes: el islam, la izquierda indefinida (que decía Gustavo Bueno) y los idiotas.[1] La izquierda indefinida, también llamada marxismo cultural en el mundo anglosajón, aparte de su influencia directa de la escuela de Frankfurt, es posible que realmente tenga otro proto-antecedente que casualmente también empieza por i: la Ilustración. A partir de la Ilustración Dios y cualquier viso de espiritualidad, parte esencial de uno de los pilares de Occidente a través del cristianismo, empieza a morir lentamente. Casualmente, poco después, a lo largo del siglo XIX empiezan a surgir sistemas de reproducción mecánica de la realidad. También casualmente cuando casi se cumplía un siglo de la difusión del primer daguerrotipo (en el mismo lugar donde se centró la Ilustración y la posterior Revolución del cambio) un miembro de la Escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, publica La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
Tras las últimas exploraciones cromáticas del impresionismo y del postimpresionismo las artes visuales habían llegado a un callejón sin salida, la pintura hasta entonces corría de un serio peligro de estancamiento. El arte en sus temas ya había iniciado un proceso de desacralización que era propio del espíritu de los tiempos. Sin embargo, conservaba la esencia de lo bello heredada del paganismo grecolatino que adoraba la belleza del ser humano como summun de lo divino. Y como diría el nobel Dylan, desde la Ilustración los tiempos estaban cambiando.
Así tenemos un cambio de siglo en el que para muchos Dios y todo lo sagrado ya está muerto, con lo cual la belleza puede cuestionarse, y las formas y los fondos han sido explotado hasta la saciedad. Para salir del nihilismo era un momento de buscar nuevos caminos o unirse directamente a él. Así pongo tres momentos como paradigmáticos:
1907: Picasso tras ver la fuerza de lo primitivo en África pinta Las señoritas de Avignon, que es una propuesta de deconstruir la forma rompiendo los cánones occidentales clásicos creando nuevos paradigmas, esto generará el cubismo y posteriormente otras líneas de trabajo de reinterpretación del arte representativo.
1910: Kandinsky, desde un ambiente prerrevolucionario, toma el camino de la deconstrucción a través del color, creando múltiples líneas de trabajo que juegan con las formas.
1917: En plena Gran Guerra, Duchamp con influencia del nihilismo dadaísta, presenta La Fuente, obra fundacional de la deconstrucción del discurso de lo sagrado.
En una década las motivaciones del arte dejan de ser exclusivamente lo que eran, sin que esto signifique negar el peso de la historia. Repito lo de Parada: No hay placeres excluyentes. Pero un mundo nuevo, con diferentes creencias y costumbres, implica un paradigma distinto a la hora de expresarlo y esto se traslada necesariamente a sus formas de expresión artísticas. El artista puede expresar o no lo intangible, pero en cualquier caso lo hace siempre desde un espacio y un tiempo concreto. Y el artista no puede ni debe permanecer aislado a los tiempos, y los tiempos han cambiado por completo, nos guste o no.

***
Pero vuelvo a la conferencia, porque el enfrentamiento colérico hacia las nuevas formas de plantear el arte por parte de Portella me trajo varias sorpresas. La que más me impresionó sin duda, fue la inclusión de una artista afrocubana, Harmonia Rosales, que no considero que se escape en exceso de planteamientos clásicos, más bien al contrario, se sirve de ellos para hacer una relectura desde su particular condición humana: negra descendiente de africanos llevados a la fuerza a ejercer la esclavitud a una isla caribeña. Pero formalmente no rompe en exceso con el canon clásico. Las variaciones de temas ha sido una constante en el arte. No quiero creer que el Sr. Portella tenga algún problema porque esta autora sea mujer, negra y cubana.
Por su parte Dragó hizo alusión a un artista contemporáneo muy polémico: Damien Hirst. Pero en este caso no voy yo quien lo defienda personalmente, aunque sí defiendo su derecho a hacer lo que hace y, especialmente, a ganar el dinero que gana con ello. Es una simple defensa de la libertad de oferta y demanda. Porque ese es otro asunto: confundir lo que es arte con su vinculación al mercado.
En una charla informal posterior, una de las personas habituales de los encuentros con la que comenté mi punto de vista comentó que esto le resultaba algo parecido a lo de la polémica de llamar matrimonio a las uniones civiles entre personas del mismo sexo, defendiendo que si el fenómeno era distinto su denominación también debería cambiar. En este caso pienso que el fenómeno no sólo no es distinto, sino que voy más allá, ya que pienso que la visión clásica del arte no constituye una realidad monolítica y excluyente, sino que realmente se trata sólo de un epifenómeno espacio temporal (Occidente) dentro de algo mucho más grande que acoge a todos los tiempos y a toda la Humanidad.
Llegados a este punto sería interesante buscar definiciones de la palabra arte. O al menos tratar de determinar de qué hablamos cuando hablamos de arte.

¿De qué hablamos cuando hablamos de arte?

Sin ocultar la polisemia del original griego de la palabra arte (τέχνη), no podemos negar que ya entonces el término aludía a todas aquellas actividades de la creatividad humana que se generaban a través de su inteligencia. Y también podemos observar que el arte, con todas sus evoluciones, ha mantenido en mayor o menor grado tres aspectos con cierta constancia: el arte como una manera de tratar entender o explicar el mundo, el arte como camino para expresar y compartir emociones, y por último, el arte como vía de felicidad o al menos como bálsamo para la infelicidad.
Si acudimos al diccionario de la RAE tenemos que en su segunda acepción indica:
2. m. o f. Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.


Por otro lado, yo como “artista-basura”, según el punto de vista de Portella, defino arte como cualquier acción consciente y voluntaria que pretenda generar una emoción en el espectador. Con lo cual tanto esta definición como la del diccionario se mantienen abiertas a fenómenos más amplios de los que lo que aparecen en el discurso del ponente, sin desdecirlo. E incluso se abre a otras manifestaciones fuera del ámbito espacio temporal que representa Occidente, que aunque sus creadores no denominasen con un término equivalente, sus intenciones y resultados son coincidentes. Por lo que tanto a los bisontes de Altamira, como a las obras visuales, narrativas o sonoras de África (por usar un ejemplo al que hizo referencia Dragó) sí podríamos considerarlas formas de expresión artística. Como una rosa es una rosa para nosotros sin que haya necesidad de que la flor sea consciente de que lo es.
En cualquier caso, entrar en detalle en los matices de lo que es arte o no lo es llevaría mucho tiempo, porque hay muchísimos puntos de vista posibles, y como además hemos visto que genera tanta pasión, creo que sería bueno que se plantease un Encuentro Eleusino sobre este asunto. Y espero poder estar allí para hablar de ello.



[1] Dragó añadiría una cuarta i: Internet. Curiosamente hay quien sostiene que la waw, sexta letra de los alfabetos semíticos, es equivalente a la w que se repites tres veces en Internet. Así tendríamos que www=666
"y que ninguno pueda comprar o vender, a no ser el que lleve esa marca, [que es] el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí es [donde se ve] la sabiduría. El que tenga inteligencia descifre el número de la bestia, pues es el número de un ser humano: su número es seiscientos sesenta y seis." (Apocalipsis, 13, 17-18)

domingo, 9 de abril de 2017

“Apuntes sobre los límites de la libertad de expresión en el ámbito de la esfera pública de las democracias liberales” o “Repíteme eso y te parto la cara, hijoputa”. (1ª parte.)


“La opinión es como el agujero del culo. Todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta.” Anónimo.

Odios, afectos y pensamiento impuro.

En estos tiempos es muy difícil mantenerse al día con las disputas que surgen a causa de la libertad de expresión. Vivimos una época muy convulsa. Cada vez más prima la expresión exaltada por encima de la argumentación razonada con sosiego. Estos son días en los que los exabruptos emocionales de escasos 140 caracteres pretenden erigirse en argumentos válidos y destructores de cualquier divergencia. Y si no les parece suficiente incluso recurren a la violencia física, o al hackeo informático, para acallar al disidente. ¿Es que acaso pretenden traer a la realidad la “ideadelito”[1] del socing[2] orwelliano? ¿Es que acaso el que no comparte algún aspecto del pensamiento políticamente correcto debe mantenerse en la neutralidad hipócrita del “doblepensar”[3] para no ser condenado por ello? Porque ahora la cuestión parece ir más lejos. No irrita tanto que se digan ciertas cosas como que simplemente se piensen. La disensión no tiene que implicar odio, hostilidad, discriminación ni violencia. Se trata tan sólo de poner en común diferentes visiones donde no existen certezas. La libertad de expresión, con sus límites de respeto y legalidad, es un derecho básico de la democracia. Creer lo contrario es apostar decididamente por un totalitario pensamiento único.
La convivencia en sociedades complejas sólo es posible aplicando por parte de todos grandes dosis de pensamiento impuro. Es decir, a través de la aceptación expresa de la relatividad de nuestras propias creencias o supuestas certezas, para así poder mantener al menos un cordial respeto hacia las otras corrientes ideológicas que comparten nuestro espacio. En democracias constitucionales no deberíamos concebir la vida cívica como un campo de batalla. La libertad de expresión tiene que limitarse legalmente en algunos casos, como la difamación, la injuria o la incitación a la violencia. Pero como cortesía también debería moderarse, o al menos modularse, si con ello podemos ofender a otros. Conocer y aplicar adecuadamente ese respeto, sin dejar de expresarnos con una cierta libertad, constituye todo un ejercicio de inteligencia y madurez social.

El autobús atómico.


“Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: quiere decir que las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto.” Tercera Ley de Newton.



Todo comenzó el lunes 27 de febrero de 2017, aunque yo me enteré al día siguiente por pura casualidad. Me encontré en Facebook un comentario muy razonable y valiente de un joven escritor sobre una polémica en torno a un autobús. Pablo Vázquez en su muro hacía una breve y clara defensa de la libertad de expresión en relación a este asunto, en la que afirmaba que aun no estando de acuerdo con las ideas que allí se exponían, consideraba que los autores tenían el derecho a expresarlas.


Leer el debate posterior que generó el comentario fue muy interesante. Existía una cortés disputa entre la línea de pensamiento de eso que Gustavo Bueno llamaba izquierda indefinida[4] y la socialdemocracia dialogante y razonable de Vázquez. La cuestión desde el ala extremista no era sólo porque allí se expresase algo contrario a lo que consideraban correcto, lo que les resultaba atroz es que aquello demostraba que alguien PENSABA algo fuera de la ortodoxia establecida. ¿Considerarían acaso que ya es el momento de crear un orwelliano Ministerio de la Verdad[5]?
Desconocía los motivos que había llevado a los promotores de lo del autobús a iniciar aquella campaña. Así que estalqueé un poco por ahí.  Y así descubrí que no se trataba de una propuesta original, sino de una respuesta. Unos meses antes, con menor repercusión pública, Chrysallis Euskal Herria, una asociación vasca de familias de menores transexuales, había colocado en marquesinas de paradas de autobuses el siguiente cartel:



Con independencia de la opinión de cada uno sobre este asunto, pude observar tres hechos:

1.     La campaña de HazteOir.org había sido más afortunada en su impacto mediático. De hecho, yo no me hubiera enterado de la primera si no es por esta última.
2.     Si los de HazteOir.org tras ver la campaña de la asociación vasca pensaron que debían responder de alguna manera, estaban en su derecho. Ya que no existe actualmente ley alguna que lo prohíba. Si en una democracia alguien expone un punto de vista, siempre existe el legítimo derecho de respuesta del que piensa de forma opuesta o simplemente diferente. Negar ese derecho implica no aceptar un principio básico de la democracia.
3.     Los dos planteamientos parecían irreconciliables.

Así pues, concluí lo mismo que Vázquez en su muro. Podemos estar de acuerdo o no con lo que se dice, pero no podemos dudar de que uno de los fundamentos de la democracia es aceptar la libertad de expresión de todos, siempre y cuando eso no implique difamación, injurias o incitación a la violencia. Y en aquello no parecía que había nada de eso. ¿O sí lo había y yo por algún prejuicio que mantenía era incapaz de verlo? ¿Estaban realmente equivocados los del autobús y sólo estaban en posesión de la verdad los del cartel? ¿Por qué todo el mundo parecía tener clara la respuesta en este asunto? ¿Hay realmente alguna certeza indiscutible sobre esto? ¿Todo el mundo sabía algo que yo desconocía? ¿Falté ese día a clase? ¿Tenemos fundamentos científicos indudables de todo esto y yo sin enterarme? Realmente no tenía nada claro. También es cierto que no era un tema al que le hubiese prestado especial atención. Y tenía más preguntas que respuestas. Así que por todo eso, y tras ver las reacciones desaforadas que aquello había provocado, pensé que debía hacer un análisis más detallado y sosegado del asunto, ya que no era capaz de encontrar argumentos sólidos por ninguna parte. Aunque no sabía si mi tendencia procrastinadora me permitiría hacerlo. En aquel momento estaba escribiendo un artículo sobre ansiedades y depresiones, y lo fui dejando ir…

***

Pasados unos días, ya era sábado, iba a elegir una película en una de esas plataformas VoD cuando zapeando, de nuevo por casualidad, vi que en televisión iban a entrevistar al responsable del autobús. Me picó la curiosidad, descarté mi plan y me quedé a verlo. En aquel programa de La Sexta Noche, 11 de marzo de 2017, el periodista Iñaki López entrevistó con especial virulencia a Ignacio Arsuaga, presidente de HazteOir.org. A lo largo de la entrevista me resultó curiosa la insistencia del presentador en dejar sentado que supuestamente “la biología dice claramente que la elección del sexo está en la cabeza y no en los genitales” o que “la ideología de género es igual a ciencia”. A través de la entrevista también me enteré de que el objeto del autobús era repartir un breve libelo[6] sobre el asunto. Librito que desconocía y que a fecha de hoy aún no he leído, por lo que no puedo argumentar a favor ni en contra de él. Pero lo que sí me impresionó fue el convencimiento del periodista. Y aquello ya me impulsó definitivamente a querer investigar un poco más profundamente sobre el asunto.


Y finalmente me puse con ello. Ha sido muy duro. Me ha ocupado cuarenta días con sus cuarenta noches. Toda una travesía por el desierto en la que me he llevado más de una sorpresa. Por lo pronto algo sí te puedo adelantar. Entre ambos carteles sí tengo claro que hay una afirmación que no es cierta de ninguna manera: y es que nada de esto es “así de sencillo”. De eso nada. Todo este asunto es muy complejo. Y no sé si me ha valido la pena el esfuerzo de tratar de entenderlo. Aunque lo he hecho porque creía que lo debía hacer. Porque ¿qué sentido tiene despreciar a alguien al que acusas de querer imponer sus creencias, cuando tu alternativa no se basa en argumentos apoyados en pruebas científicas, sino que se trata de otra opinión sentimental más? Y, en cualquier caso, si hablamos de manifestar en público creencias, tendríamos que tener claro algo:

La libertad de expresión es un derecho. Anular las divergencias NO lo es.



Y a partir de hoy, haciendo uso de mi libertad de expresión, si me dejan, empiezo a publicarlo en pequeñas dosis. Eso sí, en dosis asumibles en estos tiempos de crisis lectora. Así que por hoy es suficiente.
Espero que me acompañes.  

(Continuará.)



[1] Crimethink , crimen de pensamiento. Término de la neolengua que aparece en la novela 1984 de George Orwell.
[2] Del original Ingsoc. Responde al acrónimo “socialismo inglés”. Ibidem.
[3] Doublethink, id. Aunque se tengan ideas propias mostrar siempre en público el pensamiento políticamente correcto que agrada al Gran Hermano. Ibid.
[4] El mito de la Izquierda, Gustavo Bueno. Ediciones B, Barcelona 2003. ISBN 84-666-1109-6
En este caso, ahora que en algunos lugares han alcanzado el poder, yo la llamaría izquierda maquis, ya que pese a entrar en los canales abiertos del poder establecido, aún siguen mostrando modos y maneras de guerrilla urbana.
En la polémica informal que surge tras el comentario de Pablo Vázquez, por ejemplo, algunas respuestas destilan un radical resentimiento, que oscila entre lo histórico y lo histérico, en la exégesis del subtexto. Aunque los argumentos, si se les puede llamar así, no pasan de ser proclamas sentimentales.
[5] 1984, George Orwell.
[6] En su antigua acepción.

domingo, 25 de diciembre de 2016

El animalismo como peligro social, I. (Una primera aproximación.)

En Navidad NO regales animales...
A mediados de los años noventa iba camino a la Facultad de Historia cuando me encontré con una conocida. Conversando con ella supe que estudiaba Ciencias del Mar, y me contó que sentía un especial interés sobre las aves marinas. Tras un rato de charla sucedió algo que me impresionó especialmente. Con los ojos húmedos y la voz quebrada, me acabó confesando que su amor hacia los animales era tan intenso que ella era partidaria de prohibir toda experimentación con ellos, incluso se le planteaba un dilema moral si con eso se podía ayudar a salvar la vida de un niño, porque reconocía que no podía evitar decantarse más hacia la integridad del animal. En aquel momento aquello me resultó una excentricidad extrema. Una manifestación exagerada de una futura candidata a loca de los gatos con título universitario (o de las aves marinas en su caso). Lo que nunca pude imaginar entonces es que dos décadas después ideas irracionales basadas en un similar pensamiento sentimental se extenderían por todo Occidente como una peligrosa pandemia. Y, entre ellas, el animalismo radical sería una de las más militantes y transversales de todas.
Aunque la expresión sea anterior, no hay duda de que fue el psicólogo norteamericano Daniel Goleman el que popularizó el concepto de inteligencia emocional. Sería en un libro de gran éxito[1] en el que describía los aspectos positivos que esta supuesta forma de inteligencia nos aporta en la vida cotidiana. La buena idea de Goleman fue la de crear una especie de libro de autoayuda con auctoritas intelectual, ya que él, como doctor por la Universidad de Harvard, la tenía en cualquier caso muy superior a la de la mayoría de autores de esta clase de libros. No soy psicólogo, mi intrusismo profesional no llega a tanto, y no voy a entrar en un análisis crítico de su teoría. Pero sí quiero hacer un breve comentario sobre los peligros de la actual “desracionalización” del pensamiento aplicado a la res publica, hecho que he preferido llamar el pensamiento sentimental, para no entrar en polémica con la más optimista visión de la teoría de Goleman.
El pensamiento sentimental está tomando la aldea global. Se ha convertido en muchas de sus manifestaciones en lo que aquel gran visionario laico que fue Alexis de Tocqueville denominó dictadura de la mayoría. Aunque, como en la mayoría de los activismos, sea tan sólo una teórica mayoría moral, ya que específicamente sobre estas cuestiones nunca se ha votado. Se trata de una puesta en práctica de lo que se empezó llamando corrección política, que viene a ser algo así como un catecismo laico que crea jurisprudencia. Pero, sea lo que sea, lo cierto es que con su contagio masivo tenemos un peligro viviendo entre nosotros. Porque cuando el pensamiento sentimental se instala en una mente humana se produce una intensa esclerosis intelectual, ante la cual no existe razonamiento lógico válido que pueda permear su coraza.
La evolución se ha tomado mucho trabajo con nuestro género. Al menos una docena de especies parecidas a la nuestra han pasado por el planeta. Y ahora, que sepamos, ya sólo queda la nuestra: la del Homo sapiens.



Nuestros antepasados completaron el proceso de hominización con la creación de múltiples herramientas, con el aprovechamiento de los recursos naturales, y con la adaptación de animales y plantas para ajustarlos a las diferentes necesidades que surgían. Los primeros Homo sapiens inventaron la ingeniería genética a base de aciertos y errores. Así nacieron cereales, vegetales o árboles frutales mejorados a partir de los que ya existían. Y además se recrearon animales nuevos mejorando las características de especies preexistentes. Así hoy en día contamos con ganado vacuno, ovino o caprino, que dan más leche, lana o carne que sus variantes naturales. Tenemos caballos más fuertes y ágiles. Lo mismo pasa con aves de todo tipo (patos, gansos, ocas…). Gallinas más ponedoras o más gordas (no precisamente por una cuestión estética). Lobos transformados (a veces degenerados) hasta convertirlos en perros. Nuevos seres adaptados a diferentes necesidades (caza, pastoreo, vigilancia) o gatos domesticados para controlar plagas de roedores. El hombre lleva una convivencia de cooperación fructífera con animales adaptados desde el Neolítico. Animales y plantas. No es el único tipo de cooperación animal que existe, pero en nuestro caso estas relaciones han estado especialmente optimizadas.
Así pues, tenemos que la relación entre el hombre y los animales ha sido siempre intensa. Tanto que no han dejado de estar presentes hasta en el hecho religioso, una de nuestras grandes diferencias con ellos: el pensamiento simbólico. En relación a esto el filósofo Gustavo Bueno, en El animal divino [2], propone tres fases en el desarrollo de las religiones. Un primer periodo, que nace en el Paleolítico, en el que para los hombres algunos animales representan el papel de númenes, y como tal los representan y consideran. Con la revolución neolítica, el trato cercano con la domesticación y sometimiento, modifica esta primera visión. Así aparece la segunda etapa, que es la de la religión mitológica. En este periodo los hombres y los animales se fusionan en seres híbridos con poderes más concretos y especializados. Con el tiempo el animal pierde finalmente el misterio y llegamos a la tercera y última fase. Cuando en la Antigüedad aparece el dios antropomorfo que, poco a poco, se convierte en incorpóreo. Y así, ya en el periodo que va del fin de la modernidad y del inicio de la era contemporánea, llega la muerte de la idea de Dios.[3]
Muchacha con perro, Jean-Honoré Fragonard.
El alejamiento de Dios en sectores amplios de Occidente no sólo nace del pensamiento de la Ilustración, y la consecuente catastrófica Revolución Francesa, sino que se acrecienta con las sucesivas revoluciones industriales y las ideologías materialistas que las acompañan. No tanto porque estas ideas se infiltren mayoritariamente en la sociedad, sino porque las nuevas circunstancias económicas alejan a millones de individuos de una vida en contacto con la naturaleza, y los llevan a una vida urbana que va reduciendo las relaciones con animales y personas. Significativamente la primera sociedad protectora de animales, la Society for the Prevention of Cruelty to Animals, se crearía en 1824, en el Reino Unido, patria fundadora de la Primera Revolución Industrial.[4]
Tras las dos guerras mundiales, o en España tras nuestra Guerra Civil, se producen en Occidente las definitivas migraciones del campo a las ciudades creando una nueva forma de vida a millones de personas. No sólo se terminó el contacto con la vida del campo, sino que además se produjo un proceso progresivo de reducción de las familias extensas. Los núcleos de convivencia se acortan y se simplifican. Los animales, que hasta entonces seguían teniendo una función práctica, empiezan a convertirse en el último anclaje con lo natural. Y, en el peor de los casos, un contacto afectivo de sustitución para las personas a las que la vida despersonalizadas de las urbes les hace mella afectiva. Entre finales del siglo XX a principios del XXI se produce una masificación de las familias reducidas, monoparentales, de parejas sin hijos e incluso de hogares unipersonales. Todo esto, inesperadamente, nos conducirá poco a poco a una nueva deificación del mundo animal. El animalismo se va convirtiendo en un pensamiento sentimental desaforado, en una nueva religión irracional, con tintes cercanos a la histeria colectiva.
Pero de todo esto ya hablaré la próxima semana en el siguiente capítulo de El animalismo como peligro social.
 (Continuará.)



[1] Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ (1996) Bantam Books. ISBN 978-0-553-38371-3. Trad.: Inteligencia emocional. Kairos. ISBN 84-7245-371-5. (Añado como curiosidad estrictamente personal que su publicación en Estados Unidos coincide en el tiempo con la anécdota con la que comienzo este artículo.)
[2]El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión. Pentalfa, Oviedo 1996. ISBN 84-7848-490-6
[3] Este proceso, que se produce con diferentes intensidades y escalas de tiempo, hay que verlo teniendo en cuenta el simultaneísmo asimétrico histórico. Es decir, no todo sucede igual y al mismo tiempo en todas las partes. Pero sí existe una tendencia hacia la convergencia de acontecimientos entre los grandes grupos humanos. Ya que, aunque funcionemos como grandes puzzles deshechos en millones de pedazos, de vez en cuando se reconstruye un fragmento en alguno de ellos, y esto es percibido por focos de luz que dirigen su mirada hacia ese punto.
[4] También hay que tener en cuenta que el proteccionismo animal no es en un inicio un fenómeno popular, sino que nace de las clases altas. Los animales de compañía que aparecen en la pintura hasta el siglo XVII están relacionados en su mayor parte con la caza y otras utilidades de las granjas. Y que a partir de finales del XVIII y en el XIX aparecen con frecuencia los perritos de compañía de damas ociosas. Ya que es por entonces cuando se populariza entre las clases pudientes la mascota como objeto de consumo.