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martes, 31 de enero de 2017

El animalismo como peligro social, III: Una nueva Inquisición.


La zoofilia emocional es un mal negocio del alma, por mucho que se le ponga el eufemístico nombre de "animalismo". David Romero, periodista.



A finales de septiembre de 2016 una amiga enlazó en Facebook uno de esos pretendidamente emotivos vídeos animalistas que nos invaden, en el que se “invitaba” (por no decir conminaba) a un trabajador a cambiar su caballo de tiro por un motocarro, y ella comentaba que estaba en desacuerdo ante aquel disparate. El vídeo era una sucesión de despropósitos de principio a fin. Una absurda y sensiblera antropomorfización animal, atribuyendo al equino una suerte de prodigiosas cualidades cognitivas.


El vídeo tiene su gracia, porque sintetiza en algunos aspectos la “solidez” del pensamiento animalista (si esto no se trata de un oxímoron). El inicio ya promete: “Tras haber pasado años y años bajo el yugo de las riendas…” ¿¡Yugo de las riendas…!? Y tras esto añaden: “obligado a realizar todos los días inhumanas tareas de carga…”!!!??? ¿¡Tareas INHUMANAS!? ¿Podría un caballo hacer tareas humanas? ¿Es que acaso sugieren que el propietario tenía la obligación moral de haber matriculado al animal en el “colegio de potrillos” para que ahora estuviese trabajando de registrador de la propiedad intelectual, y no “obligado a realizar inhumanas tareas de carga”? Y continúa con una sorprendente conclusión, sacada quizás a través de una misteriosa hermenéutica equina de la que está dotada la autora del texto: “este caballo descubre por fin lo que es la libertad”. ¿Estamos ante un equino que tiene sentido del ser? ¡Esto es un descubrimiento que pone a la etología y a toda la ciencia patas arriba! Tenemos que dar las gracias a una asociación animalista argentina, que ha librado a este caballo prodigioso del yugo opresor de una “situación insufrible” y le ha permitido “sentirse libre de sus ataduras”, acto que como es buen sabido lleva a los caballos a un irrefrenable deseo de revolcarse por el suelo “para sentir el calor y el olor de la tierra y para sentir esa sensación que se experimenta al recuperar la movilidad y la felicidad”… ¡Qué raro que no tengamos una palabra específica para esta sensación tan conocida! Y raro es que no soltara el caballo unas hermosas boñigas como acto simbólico final. Ya que sus desechos reciclables iban a ser sustituidos por la maravillosa humareda de combustibles fósiles del nuevo vehículo de su ¿podemos decir “propietario” o eso degrada al caballo a la categoría sartriana de “ser en sí”?
Hasta aquí todo normal. El animalismo radical siempre me recuerda a Chesterton cuando decía aquello de que: “Cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa.” Tener fe en la racionalidad de las emociones de los animales cabe perfectamente en esas otras cosas probables. Y entonces apareció en el muro una perrista[1] amiga común (tras esta serie de artículos, examiga) que empezó a defender los “derechos” del animal y la obligación moral del dueño de usar un vehículo de tracción mecánica para no causarle sufrimiento. Y cuando alguien le indica que lo de revolcarse en el suelo es un acto reflejo habitual en los caballos, y que no parecía que este sufriera ni hambre ni maltrato, nuestra perrista concluyó, muy segura de sí misma, que eso era también una muestra de su gozo por la liberación: “Y feliz de no estar con el yugo… Créeme… Mucho mejor una carretilla a motor que un caballo.”Y feliz de no estar con el yugo... Créeme... Mucho mejor , una carretilla a motor que un caballoY feliz de no estar con el yugo... Créeme... Mucho mejor , una carretilla a motor que un caballoY feliz de no estar con el yugo... Créeme... Mucho mejor , una carretilla a motor que un caballoY feliz de no estar con el yugo... Créeme... Mucho mejor , una carretilla a motor que un caballo Emplear ese verbo y en ese modo, “créeme”, me resultó significativo. Tener el convencimiento de que el caballo se encontraba “disgustado” con su labor de tiro es una exégesis de un cariz cuasireligioso, del que desconocemos si existe algún fundamento científico. Pero tenemos que creerlo.
Investigando el origen del vídeo descubro que existe un movimiento en Argentina, y en otros países de Iberoamérica, en el que se insta a los “recuperadores de residuos” (cartones, metales…) a abandonar sus carros tirados por caballos a cambio de motocarros. Es curioso que unos trabajadores del reciclaje, movimiento aceptado y compartido por el ecologismo, tengan que dejar de usar un medio de transporte sostenible y cambiarlo por uno contaminante a base de combustibles fósiles. Y no sólo es contaminante, sino que además esta intervención arbitraria está perjudicando abiertamente a los trabajadores. Los modestos recuperadores no pueden cargar tanto en los motocarros, con lo que se menguan sus escasas ganancias, y tal vez no tengan dinero suficiente para pagarse el permiso de conducción, ni los seguros, ni el combustible. En definitiva, a los recicladores los animalistas les han jodido la vida. Un capricho sentimental religioso urbano en contra de los más desfavorecidos, que no son los animales, sino nuestros propios congéneres humanos.




En un sorprendente giro, la escisión de los animalistas del ecologismo me recuerda al nacimiento del fascismo en Italia. Ya no defienden la pureza de los ecosistemas. Ahora prefieren la contaminación de los combustibles sólidos al sostenible tiro animal, que pasar a ser un acto inmoral. Han llegado a la mayoría de edad. Como cuando Mussolini abandona el Partido Socialista Italiano y funda su propio partido con sus nuevas ideas.
Puede parecer una broma exagerada, pero desde hace algún tiempo no lo está siendo tanto. Los actos de boicot en espectáculos públicos son cada vez más numerosos y frecuentes. Y ya no es un perrista aislado que no recoge los excrementos de su chucho. Ya no pueden limitarse a atribuir esa mala acción a un maleducado excepcional, porque en estos momentos ya se trata de hordas organizadas. Ahora, para defenderse de la sinrazón, tendrán que desvincularse individualmente de los actos y refugiarse en el principio clásico de que la societas delinquere non potest[2]. Aunque lo cierto es que cada vez son más frecuentes las acciones animalistas que vulneran la legalidad o el respeto cívico que son jaleadas sin pudor por auténticas jaurías desde las redes sociales. Y es raro que haya un animalista que las condene o al menos no justifique. Porque no es lo mismo manifestarse a la puerta de una plaza de toros a directamente impedir “pacíficamente” que esta se celebre, como ya ha pasado.


O, lo que es mucho más grave: no es lo mismo protestar contra los circos con animales, que agredir directamente a los domadores y otros trabajadores del circo.




Cinco animalistas detenidos por asaltar un circo en plena función y dejar a un domador inconsciente.


Ensoberbecidos por su supuesta superioridad moral cada vez más grupos animalistas en defensa de sus creencias bordean la ley y el respeto cívico, llegando a cometer faltas punibles e incluso delitos penables.
Sería injusto acusar a todos los ardorosos defensores de los animales de tener malas intenciones. Aunque tampoco sería justo pensar, sin dejar ningún espacio para la duda, que están cargados de razones y argumentos sólidos. Porque ¿en qué se basa esta ardorosa defensa animal? ¿Por qué existe esa identificación demencial con bestias con un escaso desarrollo del neocórtex? Como ya decía en la primera parte de este tríptico[3], se trata de una creencia atávica forzada por el aislamiento social y afectivo de las nuevas sociedades. Una comunicación estrictamente emocional que acaba generando una identificación grotesca, pero entendible como humana. Es un casi literal retorno a la caverna. El animalismo, tal y como están las cosas, se ha convertido en una necesidad emocional irrenunciable entre sus adeptos.
Aun entendiendo todo esto, no podemos aceptar sus objetivos e imposiciones dándoles la misma altura moral que tuvieron los que buscaron abolir la esclavitud, pedir el sufragio femenino o el respeto a los homosexuales. Porque sería igualar a los animales a las personas, o rebajar a las personas a la altura de los animales. No se trata de una ampliación del marco moral, sino de una degradación del mismo. Se trata de una distorsión del significado del contrato social. Los derechos nacen de la responsabilidad de ciudadanos con deberes. Por esto los animales no tienen ni pueden tener derechos. Al menos esto sucederá así hasta que puedan pedirlos por ellos mismos. Otra cosa es que, por cercanía, en especial a los de compañía, les podamos tratar con deferencia. Pero no “argumentando” que es porque se trata de un ser vivo, porque seres vivos son las bacterias o los insectos y con ellos no podemos plantear la compasión[4]. Ni siquiera por ser “seres vivos sintientes”, porque entonces no nos protegeríamos de las plagas de ratas y ratones. ¡O de los tigres en aldeas de la India! Pero ¿cómo podemos hacerles entender esto a los animalistas si el pensamiento sentimental flota impermeable sobre la racionalidad estricta y desapasionada?
No es tiempo de abrir más frentes de disensión. Vuelven a existir demasiadas tensiones en el mundo. Fundamentalismos, populismos, totalitarismos, guerras… Lo único que podemos hacer es escucharles, tratar de entender sus motivos, aunque no podamos compartirlos. Para la convivencia tendremos que llegar entre todos a un punto aceptable de tolerancia. Y ellos tendrán que entender que su emotividad no puede convertirse en norma social.
Los animales domésticos son eso. Seres que se han criado y adaptado para satisfacer las necesidades humanas. ¡No existirían si no hubiesen sido creados para eso! El uso que se haga de ellos ha de ser racional. Y esto ha de ser así para todos. El trato de un domador de elefantes o caballos no tiene por qué ser peor que el de un perrista urbano le da a su can. Y lo cierto que el de estos últimos, que no viven de ello, sea inconscientemente peor. ¿Te imaginas tener que aguantar diez horas encerrado en una casa sin poder salir a mear hasta que alguien te saca a la calle? ¿Imaginan si surge un grupo radical liberacionista que postule que los dueños de mascotas en las ciudades maltratan a sus animales y que es mejor que todas las bestias estén libres en la naturaleza que es lo que les corresponde? ¿Hasta dónde llegaríamos por ahí? ¿No pedirían los animalistas una protección de sus derechos? ¿Es que es acaso menor el derecho de un adiestrador de animales que el suyo como “zoofílico emocional”?
Y por otro lado está la cuestión taurina… Pero eso ya es un tema muy largo y complejo que quizás trate más adelante. No quiero más guerra por ahora. Porque como decía Jean Renoir a través de su personaje Octave en La regla del juego: “En este mundo hay una cosa terrible, y es que todos tenemos nuestras buenas razones.”[5]



[1] Ella misma se niega la condición de animalista, pero su insistencia con los perros no se puede obviar.
[2] Locución latina usada en Derecho. Literalmente, “la sociedad no puede delinquir”.
[3] http://orlandoddrago.blogspot.com.es/2016/12/el-animalismo-como-peligro-social-i-una.html
[4] También son seres vivos los embriones humanos, pero ese es un melón que no voy a partir aquí ni ahora.
[5] Ce qui est terrible sur cette terre, c’est que tout le monde a ses raisons.

domingo, 8 de enero de 2017

El animalismo como peligro social, II: La misantropía sentimental.


"La conmiseración con los animales está íntimamente unida con la bondad de carácter; de tal manera que se puede afirmar, de seguro, que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona.” Arthur Schopenhauer, filósofo.
“Quien valora más la vida de los animales que la de las personas no puede ser un buen animal.” Orlando D Drago, intruso profesional.

Justo treinta años después de que me ocurriera la anécdota de la animalista de las aves marinas caminaba hacia mi casa, ahora en Madrid. Iba por la calle del Príncipe acercándome a la del Prado dirección a Huertas. Cuando de repente vi como bajaba refunfuñando desde la plaza de Santa Ana una cuarentañera delgada, fibrosa y muy bronceada. Delante de ella, atado por una fina correa, iba un chuchillo pequeño, algo feúcho, pero con un aire displicente muy similar al de su ama.
—¡Venga, vámonos! Nos miran y se ríen de nosotros porque te estoy hablando…  ¡Como si no me entendieras! ¡Pero, déjalos, no les hagas caso!

Arthur Schopenhauer.
Es significativo que uno de los primeros adalides del animalismo laico en Europa fuese un misántropo recalcitrante como Arthur Schopenhauer. También es curioso que, a pesar de su ateísmo militante, fuese influido por doctrinas filosófico-religiosas de Oriente. Era un tipo hosco, huraño e intratable que murió en soledad con frases del tipo: “Prefiero la compañía de mi perro a la de los humanos”. O: "La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta". Quizás sólo por esta última frase no le caería tan simpático a mi perrista conversadora.

Históricamente todo indica que existe una relación entre perros y humanos anterior al Neolítico, desde el período en el que nuestros antepasados eran cazadores-recolectores. Sabemos que existió algún momento en el que lobos perdedores se unieron por necesidad a nuestros antepasados humanos (los machos alfa y las hembras beta permanecieron controlando su territorio con el resto de la manada). El hombre, en un primitivo pero efectivo trabajo de ingeniería genética, transformó a los lobos convirtiéndolo en perros adaptados a sus exigencias. Y así se ha perpetuado el vínculo que hasta hace relativamente poco ha seguido siendo exclusivamente una cuestión “profesional”, de supervivencia. Y de hecho en muchos casos así se mantiene. Siguen existiendo los perros policías, los rescatadores, los lazarillos, los vigilantes o los pastores… Pero en los últimos años su uso se ha modificado y extendido como animal de compañía de forma dominante. El perro de una función eminentemente práctica ha pasado a tener una función principalmente emocional. Incluso podríamos decir que de dependencia. Dependencia que inicialmente fue del perro al hombre, pero que ahora, en muchos casos, del hombre al perro. Con esta mutua dependencia el perro, antaño un animal libre y autónomo, se ha convertido en una simple mascota.
Justo hasta el inicio de la Revolución Industrial (periodo en el que, causalmente más que casualmente, se desarrolló la obra de Schopenhauer) los animales domésticos eran exclusivamente una recreación humana adaptada para su uso y disfrute. Una cuestión eminentemente práctica. Animales para comer, para usar su piel, su lana, su leche. Animales de tiro, de monta, de carga. Animales guardianes, ayudantes en la caza… No es hasta bien entrado el siglo XVIII cuando se empieza a popularizar el concepto de animal de compañía, especialmente entre las damas ociosas. En esto se ganarían el puesto las aves, los gatos y, como gran estrella, los perros. Con el sucesivo desarrollo industrial las ciudades se fueron urbanizando cada vez más pensando en las personas, pero algunos animales, pese a todo, han seguido ahí. Siendo precisamente el perro el que potencialmente genera más conflictos. En el mejor de los casos te ensucian con su patas, te olisquean las partes íntimas o te babosean, mientras sus dueños sonríen mientras te aseguran que no te “hacen nada” … ¡Pero si ya lo están haciendo! Pero es que además pueden molestar por las noches con sus ladridos. Y definitivamente ensucian las calles (por más que sus dueños limpien los excrementos) ya que inevitablemente convierten los barrios de los centros urbanos en esponjas de ácido úrico canino. Y, encima, esto sí es lo más grave, crean problemas de seguridad cuando son territoriales y agresivos. A veces atacan a las personas infligiendo graves daños, hasta incluso la muerte. ¿Que son los amos los maleducados? También lo son los que dejan que olisqueen y baboseen. Es tan sólo una cuestión de grado. Las personas que sobrevaloran las capacidades de sus animales no facilitan la convivencia en las ciudades.
Y además en las grandes ciudades nos enfrentamos al problema que supone el crecimiento de la población de perros, que es exponencial (las camadas medias pueden estar en unos seis cachorros, pero pudiendo ser hasta el doble en algunas razas), mientras el nuestro es un crecimiento levemente lineal con tendencia a la baja. Hay muchos más perros que personas, y esto supone un problema en las grandes ciudades. Aun así, los perristas pretenden legislar contra el control de su superpoblación. “¡Sacrificio cero!” reclaman en su peculiar gramática, mientras las perreras se desbordan de perros abandonados. Y si ha existido un fenómeno paradigmático sobre el animalismo como peligro social, fue el episodio de histeria colectiva desatado a finales del año 2014 por el sacrificio de un perro potencial portador del mortal virus de ébola.


El fenómeno animalista es esencialmente urbano, a un granjero no se le ocurriría humanizar a sus animales. La soledad de las grandes ciudades, y una empatía extrema y mal entendida, ha insertado a los animales sentimentalmente en los reducidos núcleos familiares. Y así ha surgido la esperpéntica figura del “perr(h)ijo”, admitamos la peculiaridad aberrante del término. En un acto de irracionalidad extrema se asciende al perro como miembro de pleno derecho de las familias. (Esto, naturalmente, es extrapolable a gatos, roedores y demás mascotas…) El ser humano, con lagunas afectivas, desciende a la altura del animal como el adulto que balbucea incoherencias infantiles, creyendo que así se hace entender mejor por un niño.
Los urbanitas dueños de mascotas, creyendo firmemente en su buena intención, soslayan la crueldad de tener a un animal en esas condiciones. Proclaman su identificación emocional con la bestia, pero no reparan en algo tan simple como la tortura de estar en un espacio cerrado durante diez o doce horas sin poder mear. Pero ellos son felices de tener a un ser vivo dependiente y no a un animal libre. Si, según su criterio, un perro puede tener derechos no deberían inquietarse si éste “decide” en un momento dado desaparecer. Estaría ejerciendo su “derecho” a la libre circulación.
Durante los milenios de coevolución entre hombres y perros se ha establecido un fuerte vínculo emocional entre ambas especies. El perro, por su propio interés de supervivencia, ha aprendido a entender al hombre, por eso es capaz de realizar múltiples tareas. Se ha detectado que pueden llegar a entender entre 160 a 200 palabras o instrucciones. Captan el sentido de las entonaciones. Hay un cierto “entendimiento” básico. Pero la inteligencia del perro es incapaz de entender discursos complejos, su reducida corteza cerebral no se lo permite. Hasta los etólogos más perristas admiten que su inteligencia a lo sumo podría ser comparable a la de un niño algo menor de dos años. Y a esas edades pueden captar tu alegría, tu tristeza o tu enfado, pero el entendimiento real es muy limitado.
La cuarentañera gruñona creía entenderse con su mascota, pero realmente sólo hablaba con su soledad. Aquel perro, involuntariamente, ejercía la figura de su soledad representada.
Puede no ser políticamente correcto decirlo, pero en el animalismo existe un fuerte sustrato de misantropía. En las sociedades contemporáneas muchas personas quedan emocionalmente marginadas y no existe el antiguo apoyo de las familias extensas. El animal de compañía se convierte entonces en un sustituto afectivo que protege contra el dolor.
Me despido por hoy con otra frase del viejo Schopenhauer, que prefigura una auténtica declaración de principios del espíritu animalista extremo:

"Debo confesarlo sinceramente. La vista de cualquier animal me regocija al punto y me ensancha el corazón, sobre todo la de los perros, y luego la de todos los animales en libertad, aves, insectos, etc. Por el contrario, la vista de los hombres excita casi siempre en mi una aversión muy señalada, porque con cortas excepciones, me ofrecen el espectáculo de las deformidades más horrorosas y variadas: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición despreciable, síntomas de locura y perversidades de todas clases y tamaños; en fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes. Por eso me aparto de ellos y huyo a refugiarme en la naturaleza, feliz al encontrar allí a los brutos.”

domingo, 25 de diciembre de 2016

El animalismo como peligro social, I. (Una primera aproximación.)

En Navidad NO regales animales...
A mediados de los años noventa iba camino a la Facultad de Historia cuando me encontré con una conocida. Conversando con ella supe que estudiaba Ciencias del Mar, y me contó que sentía un especial interés sobre las aves marinas. Tras un rato de charla sucedió algo que me impresionó especialmente. Con los ojos húmedos y la voz quebrada, me acabó confesando que su amor hacia los animales era tan intenso que ella era partidaria de prohibir toda experimentación con ellos, incluso se le planteaba un dilema moral si con eso se podía ayudar a salvar la vida de un niño, porque reconocía que no podía evitar decantarse más hacia la integridad del animal. En aquel momento aquello me resultó una excentricidad extrema. Una manifestación exagerada de una futura candidata a loca de los gatos con título universitario (o de las aves marinas en su caso). Lo que nunca pude imaginar entonces es que dos décadas después ideas irracionales basadas en un similar pensamiento sentimental se extenderían por todo Occidente como una peligrosa pandemia. Y, entre ellas, el animalismo radical sería una de las más militantes y transversales de todas.
Aunque la expresión sea anterior, no hay duda de que fue el psicólogo norteamericano Daniel Goleman el que popularizó el concepto de inteligencia emocional. Sería en un libro de gran éxito[1] en el que describía los aspectos positivos que esta supuesta forma de inteligencia nos aporta en la vida cotidiana. La buena idea de Goleman fue la de crear una especie de libro de autoayuda con auctoritas intelectual, ya que él, como doctor por la Universidad de Harvard, la tenía en cualquier caso muy superior a la de la mayoría de autores de esta clase de libros. No soy psicólogo, mi intrusismo profesional no llega a tanto, y no voy a entrar en un análisis crítico de su teoría. Pero sí quiero hacer un breve comentario sobre los peligros de la actual “desracionalización” del pensamiento aplicado a la res publica, hecho que he preferido llamar el pensamiento sentimental, para no entrar en polémica con la más optimista visión de la teoría de Goleman.
El pensamiento sentimental está tomando la aldea global. Se ha convertido en muchas de sus manifestaciones en lo que aquel gran visionario laico que fue Alexis de Tocqueville denominó dictadura de la mayoría. Aunque, como en la mayoría de los activismos, sea tan sólo una teórica mayoría moral, ya que específicamente sobre estas cuestiones nunca se ha votado. Se trata de una puesta en práctica de lo que se empezó llamando corrección política, que viene a ser algo así como un catecismo laico que crea jurisprudencia. Pero, sea lo que sea, lo cierto es que con su contagio masivo tenemos un peligro viviendo entre nosotros. Porque cuando el pensamiento sentimental se instala en una mente humana se produce una intensa esclerosis intelectual, ante la cual no existe razonamiento lógico válido que pueda permear su coraza.
La evolución se ha tomado mucho trabajo con nuestro género. Al menos una docena de especies parecidas a la nuestra han pasado por el planeta. Y ahora, que sepamos, ya sólo queda la nuestra: la del Homo sapiens.



Nuestros antepasados completaron el proceso de hominización con la creación de múltiples herramientas, con el aprovechamiento de los recursos naturales, y con la adaptación de animales y plantas para ajustarlos a las diferentes necesidades que surgían. Los primeros Homo sapiens inventaron la ingeniería genética a base de aciertos y errores. Así nacieron cereales, vegetales o árboles frutales mejorados a partir de los que ya existían. Y además se recrearon animales nuevos mejorando las características de especies preexistentes. Así hoy en día contamos con ganado vacuno, ovino o caprino, que dan más leche, lana o carne que sus variantes naturales. Tenemos caballos más fuertes y ágiles. Lo mismo pasa con aves de todo tipo (patos, gansos, ocas…). Gallinas más ponedoras o más gordas (no precisamente por una cuestión estética). Lobos transformados (a veces degenerados) hasta convertirlos en perros. Nuevos seres adaptados a diferentes necesidades (caza, pastoreo, vigilancia) o gatos domesticados para controlar plagas de roedores. El hombre lleva una convivencia de cooperación fructífera con animales adaptados desde el Neolítico. Animales y plantas. No es el único tipo de cooperación animal que existe, pero en nuestro caso estas relaciones han estado especialmente optimizadas.
Así pues, tenemos que la relación entre el hombre y los animales ha sido siempre intensa. Tanto que no han dejado de estar presentes hasta en el hecho religioso, una de nuestras grandes diferencias con ellos: el pensamiento simbólico. En relación a esto el filósofo Gustavo Bueno, en El animal divino [2], propone tres fases en el desarrollo de las religiones. Un primer periodo, que nace en el Paleolítico, en el que para los hombres algunos animales representan el papel de númenes, y como tal los representan y consideran. Con la revolución neolítica, el trato cercano con la domesticación y sometimiento, modifica esta primera visión. Así aparece la segunda etapa, que es la de la religión mitológica. En este periodo los hombres y los animales se fusionan en seres híbridos con poderes más concretos y especializados. Con el tiempo el animal pierde finalmente el misterio y llegamos a la tercera y última fase. Cuando en la Antigüedad aparece el dios antropomorfo que, poco a poco, se convierte en incorpóreo. Y así, ya en el periodo que va del fin de la modernidad y del inicio de la era contemporánea, llega la muerte de la idea de Dios.[3]
Muchacha con perro, Jean-Honoré Fragonard.
El alejamiento de Dios en sectores amplios de Occidente no sólo nace del pensamiento de la Ilustración, y la consecuente catastrófica Revolución Francesa, sino que se acrecienta con las sucesivas revoluciones industriales y las ideologías materialistas que las acompañan. No tanto porque estas ideas se infiltren mayoritariamente en la sociedad, sino porque las nuevas circunstancias económicas alejan a millones de individuos de una vida en contacto con la naturaleza, y los llevan a una vida urbana que va reduciendo las relaciones con animales y personas. Significativamente la primera sociedad protectora de animales, la Society for the Prevention of Cruelty to Animals, se crearía en 1824, en el Reino Unido, patria fundadora de la Primera Revolución Industrial.[4]
Tras las dos guerras mundiales, o en España tras nuestra Guerra Civil, se producen en Occidente las definitivas migraciones del campo a las ciudades creando una nueva forma de vida a millones de personas. No sólo se terminó el contacto con la vida del campo, sino que además se produjo un proceso progresivo de reducción de las familias extensas. Los núcleos de convivencia se acortan y se simplifican. Los animales, que hasta entonces seguían teniendo una función práctica, empiezan a convertirse en el último anclaje con lo natural. Y, en el peor de los casos, un contacto afectivo de sustitución para las personas a las que la vida despersonalizadas de las urbes les hace mella afectiva. Entre finales del siglo XX a principios del XXI se produce una masificación de las familias reducidas, monoparentales, de parejas sin hijos e incluso de hogares unipersonales. Todo esto, inesperadamente, nos conducirá poco a poco a una nueva deificación del mundo animal. El animalismo se va convirtiendo en un pensamiento sentimental desaforado, en una nueva religión irracional, con tintes cercanos a la histeria colectiva.
Pero de todo esto ya hablaré la próxima semana en el siguiente capítulo de El animalismo como peligro social.
 (Continuará.)



[1] Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ (1996) Bantam Books. ISBN 978-0-553-38371-3. Trad.: Inteligencia emocional. Kairos. ISBN 84-7245-371-5. (Añado como curiosidad estrictamente personal que su publicación en Estados Unidos coincide en el tiempo con la anécdota con la que comienzo este artículo.)
[2]El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión. Pentalfa, Oviedo 1996. ISBN 84-7848-490-6
[3] Este proceso, que se produce con diferentes intensidades y escalas de tiempo, hay que verlo teniendo en cuenta el simultaneísmo asimétrico histórico. Es decir, no todo sucede igual y al mismo tiempo en todas las partes. Pero sí existe una tendencia hacia la convergencia de acontecimientos entre los grandes grupos humanos. Ya que, aunque funcionemos como grandes puzzles deshechos en millones de pedazos, de vez en cuando se reconstruye un fragmento en alguno de ellos, y esto es percibido por focos de luz que dirigen su mirada hacia ese punto.
[4] También hay que tener en cuenta que el proteccionismo animal no es en un inicio un fenómeno popular, sino que nace de las clases altas. Los animales de compañía que aparecen en la pintura hasta el siglo XVII están relacionados en su mayor parte con la caza y otras utilidades de las granjas. Y que a partir de finales del XVIII y en el XIX aparecen con frecuencia los perritos de compañía de damas ociosas. Ya que es por entonces cuando se populariza entre las clases pudientes la mascota como objeto de consumo.